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Reflexión desde el tuétano. Natalia Gantes

Vaya por delante que nació como una carta para el Consejo Escolar del centro educativo de mis hijos, con el objetivo de que conozcan esas otras características desconocidas de las personas con ACI, más allá del “talento” o la “excelencia” de las que suelen hablar en estos contextos.

          Este texto no tiene por objeto reivindicar, molestar, protestar, reclamar ni añadir más carga a los adultos que rodean la vida de las pequeñas personas con AACC. No está escrito con el objetivo de ofender, por supuesto, pero tampoco de pedir. La idea de transmitir estas palabras surge de la necesidad imperiosa de entendimiento que las familias, y en este caso la nuestra en concreto, tenemos de transmitir lo que nos está ocurriendo. Porque estamos seguros de que si las personas entienden nuestra situación, verán el verdadero deseo de integración, visibilidad y pertenencia que albergamos.

          Nuestra familia es neurodivergente. Algunos lo sabemos gracias a la maternidad y la paternidad, otros porque afortunadamente han tenido oportunidad de ser identificados dentro o fuera del sistema educativo. Tardamos en darnos cuenta de nuestras propias diferencias porque siempre las hemos tenido ahí, y no conocemos esa otra “normalidad” a la que el resto está acostumbrado. Pero hemos aprendido que a los demás no les ocurre lo mismo.

          En las otras familias, los niños no preguntan con dos años, en un lenguaje perfecto, por qué el agua de la bañera, cuando se va, siempre lo hace girando en el mismo sentido. No suelen cuestionarse qué ocurre con la araña cuando se muere, o quién de la familia será el primero en morirse y por qué. Al parecer, tampoco el resto de hijos de cuatro años pregunta cualquier mañana de invierno: “Mamá, ¿tú crees en Dios? Porque yo no, y no sé cómo explicártelo”. No llegan a casa llorando cada mañana porque el resto de niños del colegio no entiende las normas y se empeñan en transgredir, incumplir y pisar la línea de la fila cada mañana cuando la profe ha dicho cada día que hay que ponerse detrás. Resulta que tampoco deciden convertirse en vegetarianos con 5 años porque las verduras están bien y no es necesario matar a nadie para estar bien alimentado. (Gracias al jamón serrano, conseguimos sacárselo de la cabeza. Un manjar es un manjar) En las otras familias, los niños no aceptan recibir golpes o insultos de los otros niños porque se dan cuenta de que el agresor está teniendo sus propios problemas. No es frecuente tampoco tardar casi dos horas en dormirse cada día porque la cabeza no puede parar de pensar. No se somatiza cualquier problema emocional por tener una empatía brutal, pero no ser capaces de distinguir sus propios sentimientos y emociones. En el resto de familias pueden ver películas de dibujos sin llorar ni pasarse tres días sin dormir porque el padre de Simba ha muerto. No suelen discutir con los otros niños porque “las olas las hace la luna…y Pedrito no me cree”.

          Y llegados a este punto, todavía no hemos cumplido los 6 años.

          Esto no es ni malo ni bueno. Son sólo algunos rasgos de la intensidad con la que una persona con AACC vive su día a día. Algunos se ven sobreestimulados por los sonidos, el ruido, los olores, los tumultos, la temperatura, las texturas de los alimentos, los colores. El caos.

          Necesitan, además, darle sentido a todo. Los “porqués” son interminables, las explicaciones siempre insuficientes, la experimentación inevitable, y no pararán hasta haber entendido el último entresijo de cada pequeño mecanismo, ley o norma causal. Y una vez conseguido, no les interesará lo más mínimo, nunca más.

          Los grandes problemas los hacen propios. El orden mundial, la pobreza, las desigualdades, el hambre y el cambio climático son, por supuesto, su problema y su culpa. Tienen que buscar soluciones, pensar en estrategias y convencer al mundo de que hay que actuar. Por suerte, esto tampoco dura toda la vida, aunque siempre estará presente.

          La mente es inquieta, resolutiva y arborescente. Tiene una sed constante de nuevos aprendizajes, de conocimientos, de información.

          Y ahora viene lo interesante…

          NO FUNCIONA SOLA

          No es un disco duro lleno de carpetas y subcarpetas con contenido diverso sobre todas las materias o las temáticas que nos rodean. No tienen un código numérico que permita categorizar, ordenar y contextualizar la información. No llevan dentro una calculadora, un procesador de textos, o varias apps sobre organización.

          Ni siquiera están sincronizados en cuanto a edad mental, natural y emocional. ¿Podemos los adultos imaginar siquiera la dificultad de vivir en esos pequeños cuerpos?

          La etapa escolar empieza muy pronto. Y con la misma ilusión que llega, se va. Porque estas mentes van deprisa, si, y necesitan estímulos nuevos. No es necesario ofrecer los resultados, sino las herramientas para alcanzarlos. Pero nuevamente nos encontramos con que no son autónomos en modo absoluto. Necesitan un guía, un tutor, alguien que colabore en su aprendizaje, que les ofrezca el agua para esa sed constante. A menudo el sistema educativo se los come. Y esas mentes frescas y despiertas, se marchitan por la falta de respuesta, por la falta de estímulo y por lo que no llega. Se acostumbran a la invisibilidad, al camuflaje, al mínimo esfuerzo, a la falta de recompensa intrínseca, al “para qué voy a… si total”

          Algunas veces no es necesario hacer mucho. No se necesitan grandes proyectos, ni metodologías innovadoras, ni alta tecnología, ni materiales específicos, ni espacios tridimensionales. No quieren ser profes, ni estar demostrando nada a los demás. Sólo quieren aprender. APRENDER con mayúsculas. Aprender cosas como los demás. Cosas que todavía no sepan. Cubrir sus carencias a nivel organizativo, maravillarse por las novedades, emocionarse con un libro nuevo, ver un documental que aporte nueva información a sus vidas.

          Algunas veces no es necesario hacer mucho.

          A veces sólo hay que dejar de no hacer nada.


AUTORA

NATALIA GANTES MELLA (47 años)

“Timón de una familia neurodivergente”

Identificada a los 20 años, no fui consciente de quién era hasta que la maternidad me presentó a mis hijos: mentes lúcidas y corazones inmensos. Es un placer ser así y pertenecer a una minoría, cuando eso supone vivir intensamente. En constante aprendizaje, la formación y la lectura son mi ADN.

Me dedico profesionalmente a la salud femenina entendida como un universo integral, desde el ejercicio físico hasta el autocuidado. Tengo un blog en esta línea donde doy cabida a pensamientos diversos y arborescentes. No podría ser de otro modo: https://entremisalas.com/

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