¿Qué significa «yo»?

En cada momento de nuestra vida algo acontece, vivimos alguna experiencia. Vemos, oímos, olemos, saboreamos, tocamos, pensamos. Podemos estar complacidos, coléricos, atemorizados, cansados, perplejos, interesados, sufrir una agobiante timidez o estar absortos en una búsqueda. Siento que “yo” soy abrumado por mis propias emociones, que tengo mayor valía cuando otro me elogia, que una pérdida me destruye.

¿Qué es este «yo», este centro que va y viene, tan constante pero tan frágil, tan familiar pero tan elusivo? Y, sobre todo, ¿qué significa ese «yo» para mí?

Para empezar, tenemos que ser conscientes de que estamos atrapados en una contradicción. Por una parte, aun el más superficial vistazo a la experiencia nos indica que ella está en cambio constante, más aun, que siempre depende de una situación particular. Ser humano, estar vivo, es estar siempre en una situación, un contexto, un mundo. No hay en nosotros nada que sea objeto de la experiencia y permanezca constante o independiente de las situaciones. Pero, por otro lado, la mayoría de nosotros estamos convencidos de nuestra identidad: tenemos una personalidad, recuerdos, planes y expectativas, que parecen confluir en un punto de vista coherente, un centro desde el cual oteamos el mundo, el terreno donde estamos plantados. ¿Cómo sería posible semejante punto de vista si no estuviera arraigado en un yo o ego singular e independiente, dotado de existencia real?

Si lo más estable es el cambio, ¿por qué tenemos la firme sensación de que la identidad propia no varía un ápice en toda nuestra existencia? ¿Qué nos hace postular que todo varía menos nosotros mismos, menos ese centro desde el que vivimos el mundo? ¿Qué señala ese centro vital?

La expresión «yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré» sólo es admisible como letra de una canción. Todos cambiamos a lo largo de nuestra existencia. No somos la misma persona, ni el mismo organismo, que hace diez años. La ficción de permanencia se sustenta en la memoria, memoria lábil que se va configurando con la mezcla de material antiguo y material moderno. No tenemos recuerdos limpios de una situación antigua. Sin embargo, pensamos que nuestros recuerdos son reflejos fieles de lo que aconteció, y cuando hay algún material objetivo que nos desmiente categóricamente esos recuerdos nos sentimos afectados. «Me ha sorprendido mucho ver este vídeo, no lo recordaba así».

El «yo» es un bulto sospechoso en el seno de nuestro pensamiento, el ayudante que se ha hecho el dueño de la casa. Pero para nosotros señala lo más importante que tenemos, nuestra identidad, lo que nos permite distinguirnos de otros y del mundo, la representación del sujeto que somos. Y como es algo tan significativo activamos todos los mecanismos inconscientes para garantizar su supervivencia. Nada puede amenazar nuestro yo porque nos amenaza como persona, porque atenta contra nuestra integridad. El cuidado del yo es un «asunto de estado». Le tengamos más o menos aprecio, lo tengamos más o menos desarrollado. Es nuestro centro, nuestro eje, y como tal ha de ser tratado.

La ilusión del yo nos acompaña durante toda nuestra existencia. En algún caso, es tan fuerte el apego que afloramos la necesidad de trascendencia, de permanecer más allá de la muerte física de nuestro organismo. Y en esa creencia hallan consuelo.

Raramente alguien advierte el carácter ilusorio del yo. Necesita un fuerte coraje y una gran evolución personal. Darse cuenta con todo su ser de que esa gota aparentemente separada del océano no es más que una forma del mismo que cuando finalice su periplo regresará a él, sin posibilidad de resurgir como la misma forma aunque sea en una estructura viviente distinta. 

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