Altas capacidades. La necesidad de un nuevo liderazgo

Cuando alguien me pregunta qué hace falta para que la actual etapa de fragmentación en el mundo de las altas capacidades en España revierta suelo responder con lo mismo: se necesita un nuevo liderazgo.
Un liderazgo compartido, uno solo no puede tirar del carro. Un liderazgo colaborativo: tirar del carro, no exigir a otros que lo hagan. Un liderazgo útil, aportar manos y no ponerse tanto en la foto. Un liderazgo fresco, con gente nueva con ganas, ideas y propósitos adaptados a los nuevos escenarios… Un milagro.
Este responsabilidad recae única y exclusivamente en las familias. Ya he repetido en innumerables ocasiones que nadie externo a nosotros va a liderar los cambios de calado necesarios para que la situación de inatención educativa de los alumnos con altas capacidades en nuestro país. Nadie. Estamos completamente solos. Lo que no deja de ser una ventaja, porque esa soledad asumida te permite tener un amplio espacio de libertad de acción. Cuando dependes de otros para poder actuar, tu grado de libertad se resiente y tu sensación de poder hacer algo mengua ostensiblemente.
Los grupos de intereses, entidades o personas que de modo explícito o implícito luchan por sus intereses particulares -algunos lícitos y otros no tanto-, que pululan en este campo aportando en muchos casos soluciones paliativas de corto plazo (p.e. talleres, actividades extraescolares, atención psicológica, etc) no pueden ser los artífices del cambio. Ni pueden, ni deben. No les va nada en esta lucha colectiva de las familias contra un aparato administrativo absolutamente relajado por la ausencia de presión social. Y como nada les va, no podemos depender de ellos para dar pasos.
La crisis de liderazgo como oportunidad
La ausencia de liderazgo es palmaria. Nadie con dos dedos de frente y ojos en la cara podría negar la evidencia. Esta realidad me lleva siempre a la misma conclusión: los que estamos ahora no servimos para esa labor. Lo hemos demostrado con creces. Nada de lo intentado ha servido en el último lustro de creciente fragmentación interna, así que no queda otra que asumirlo. Si algunos hemos participado activamente en pequeños cambios en el pasado no implica que ahora seamos necesarios, ni siquiera útiles. Estamos para poco más que para aconsejar y animar. Ya no quedan fuerzas ni motivación para tirar de ese carro. Sobre todo observando que los que tienen por delante más recorrido no dan pasos adelante, aunque sea por su propio interés.
Así que solo queda cortar las raíces y plantar de nuevo. Crear una nueva oportunidad. Ahora o cuando decidáis hacerlo.
Los viejos nos consolamos dando buenos consejos de que ya no estamos en posición de dar malos ejemplos, que decía François de La Rochefoucauld, así que concluiré aportando uno sobre el tipo de liderazgo que podría servir para esta urgente labor.
Se necesitaría un liderazgo basado:
- En la autoridad (auctoritas) y no en el poder (potestas)
- En la motivación más que en la gestión
- En el ejemplo y no en la palabra
- En la entereza y no en la firmeza
- En servir y no en servirse
- En estar comprometido más que en estar interesado
- En el entusiasmo y no en el desánimo
- En la transparencia y no en el miedo a compartir
- En escuchar más que en hablar
- En el aprendizaje más que en la enseñanza
- En el sí se puede y no en el es imposible
- En tratar a los demás como adultos y no como niños
En resumen, un milagro. Porque la labor más compleja consiste en trabajar nuestro interior para embridar el ego, ese elemento causante de la fragmentación y, en consecuencia, del conflicto, su modo habitual de funcionamiento. Con otras palabras más claras: llegar llorados de casa.
