Divergente y convergente

El pensamiento divergente (en la modalidad arborescente o en otras), centrífugo, tiende a «orbitar», a abstraerse, a salir de la kinesfera si hablamos en términos corporales o de la noosfera si hablamos en términos mentales. A producir.
El pensamiento convergente, centrípeto, tiende a «aterrizar», a concretar, a meterse en la kinesfera/noosfera. A reproducir.
No todo el mundo tiene la doble habilidad de producir y reproducir. Es más, ni las personas que tienen habilidades dobles en algunos aspectos lo tienen en todos los aspectos. Ni siquiera Da Vinci, que es la representación más viva del multitalento en su grado supremo.
La cuestión es que no tiene nada de malo orbitar, abstraerse, producir imágenes mentales, irse por las ramas y demás manifestaciones de la divergencia. Se considera malo cuando creamos expectativas de logro, cuando nos fijamos en exceso en las soluciones, en los productos (reproducciones). Si le quitamos el exceso de importancia advertimos que no es tan grave como parece, dejando de considerarla como algo malo o a «solucionar». A veces podemos tener la suerte de contar con alguien al lado que te ayuda a aterrizar, a poner los pies en el suelo, a concretar las ideas que se van produciendo. Entonces notas la diferencia.
