Antisistema

Esta palabreja refleja claramente cómo el lenguaje es capaz de torcer la realidad y presentar a alguien como un «enemigo» sin necesidad de dar explicaciones sobre el contenido real que pueda tener el vocablo.
Hace unos cuatro años tuve la suerte de dialogar con el gran Domi del Postigo en una entrevista que concertamos en 101 TV (televisión local) para hablar sobre la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca para los que no vivan en este país). Entre los temas que tratamos con cierta seriedad había dos curiosidades que hoy recordé. Una de ellas fue su alusión a mi aspecto: «no pareces un perroflauta». Evidentemente iba con toda la carga de ironía del mundo. Él sabía perfectamente que esa era una imagen irreal de los que tuvimos la mala suerte de caer en ese hoyo, imagen reiteradamente emitida por los amigos del PP, temerosos del poder creciente que este movimiento tenía a nivel social. Bueno, nada nuevo bajo el sol que no seamos capaces de observar hoy día también. Todo lo que se aleja de su ideario es poco menos que ETA…

La otra curiosidad ocurrió cuando Domi me preguntó si yo era un antisistema. También iba con carga la pregunta, claro, así que sonreí, me tomé un par de segundos y respondí algo similar a esto: «si un sistema está enfermo, los que intentamos curarlo no podemos considerarnos antisistema sino más bien prosistema». Son precisamente los que quieren mantenerlo podrido hasta las trancas los genuinos antisistema, pero el lenguaje es tan perverso en ciertas manos que al final la sociedad en general termina afeando conductas sobre las que desconoce por completo sus motivaciones y sus razones. Se deja llevar e influir por lo que ve en los medios de desinformación y son capaces de sentir verdadero odio por estos elementos tan peligrosos que el gobierno llamaba despectivamente «perroflautas antisistema». Son los efectos normales y las tácticas habituales de lo que se denomina Violencia Estructural.
Hoy podemos ver otros vocablos con la misma carga e intención: radikales (con k, es importante), okupas, fascistas, traidores, antipatriotas, etc.
Aplican sistemática varios (en naranja) de los 11 principios de la propaganda de Goebbels:
- Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único Símbolo; Individualizar al adversario en un único enemigo.
- Principio del método de contagio. Reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo; Los adversarios han de constituirse en suma individualizada.
- Principio de la exageración y desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave.
- Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.
- Principio de orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”. De aquí viene también la famosa frase: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que cuando el adversario responda el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.
- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sondas o de informaciones fragmentarias.
- Principio de la silenciación. Acallar sobre las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen el adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines.
- Principio de la transfusión. Por regla general la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional o un complejo de odios y prejuicios tradicionales; se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.
- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente que se piensa “como todo el mundo”, creando impresión de unanimidad.
