#MeQuedoEnCasa. La lección de lo pequeño
Es sorprendente el poder de lo pequeño para recordarnos lo importante.
Nuestro organismo biológico navega a una velocidad y nuestra mente a otra, producto entre otras cosas de un incesante bombardeo informativo que nos acelera la existencia hasta límites insospechados. Apenas nos damos cuenta de que vivimos en una pendiente y que nuestros movimientos, sin un fin claro, son precipitados.
Casi siempre nos dejamos llevar por lo urgente, por lo inmediato, por lo que no puede esperar. Y con las nuevas tecnologías la noción de urgencia ha contagiado todas nuestras acciones. Hace años, sin móviles, sin Whatsapp, no había tanto apremio en una respuesta. Ahora pasan dos minutos y la otra persona se preocupa o se indigna si no obtiene respuesta. No tenemos paciencia y en nuestro trabajo también notamos que cada día todo es más urgente, más «necesario».
Por todo esto y por muchas más cosas, nuestro organismo se resiente. Aparecen patologías antes inexistentes. No puede seguir nuestro ritmo loco de vida. No sabe cómo reaccionar y sus «mensajes» suelen obligarnos a parar, so pena de perder la vida. Eso es lo único que nos frena. Eso es lo importante. Si no estás, de nada sirve tener dinero, posición, admiración, fama o los restantes artificios que nos invitan a bajar a toda velocidad por esa pendiente.
Como especie, llevamos demasiado tiempo maltratando el ecosistema que nos mantiene con vida: nuestro planeta. Y la Tierra, que lleva muchísimo más tiempo que nosotros «sobreviviendo», tiene sus propios mecanismos de supervivencia mejorados a lo largo de su historia geológica.
De algún modo que desconocemos, y que por nuestra soberbia de creernos los dioses de la creación ni siquiera nos planteamos, la Tierra reacciona a ese maltrato. Y su reacción se produce desde lo grande hasta lo pequeño.
Desde lo grande lo vemos venir: nos vemos superados ante tanta potencia «destructiva» (desde el punto de vista humano lo es, desde la perspectiva de la supervivencia del planeta es más bien reconstructiva): tsunamis, tormentas cada día más violentas, cambios drásticos en el clima, etc. Pero los humanos tenemos ese punto de necedad que nos impide reaccionar colectivamente ante lo grande. Somos seres narrativos y nos tragamos cualquier película que nos tranquilice en ese sentido.
Desde lo pequeño la cosa cambia radicalmente. No lo vemos venir. Vivimos rodeados de microorganismos a los que no les prestamos atención pero que influyen poderosamente en nuestro estado de salud. Por eso cuando su amenaza se extiende genera esa sensación de pánico por la incertidumbre de no saber cómo luchar contra algo tan diminuto y con tanto poder sobre nuestra efímera existencia.
En ese contexto, ha surgido la amenaza de ese pequeño microorganismo llamado vulgarmente Coronavirus y oficialmente COVID-19 (porque ya había otros de su «especie» anteriores que no habían generado tanto miedo colectivo). Y todo este loco mundo está frenando, algo inédito en la vida de muchos de nosotros. Jamás habíamos visto paralizarse tantas cosas para poder luchar colectivamente contra la amenaza fantasma.
Pero claro, como pasa en cada frenada, no todos los tripulantes del barco reaccionan del mismo modo. De ahí que surjan iniciativas como la de #MeQuedoEnCasa, en la que se trata de concienciar de que esto nos afecta a todos sin excepción y que como no actuemos coordinadamente no habrá modo de controlar la expansión de la amenaza.
En esta entrada solo quiero transmitir la idea de fondo de la lección que nos está dando ese pequeño microorganismo y que todos deberíamos aprenderla para no volver a las andadas cuando se controle la amenaza. Ahora vamos a frenar nuestro acelerado modo de vida, con consecuencias económicas y emocionales incalculables, pero eso nos dará la oportunidad de revisar el orden de nuestras prioridades vitales.
¿Aprenderemos la lección? Solo el tiempo lo dirá. Esto no va a ser cuestión de dos semanas encerrados en casa. Y lo iremos viendo cuando pasen los días y las acciones que acometamos todos determinen el proceso. Hoy nadie sabe cuándo terminará esto y nadie es tan irresponsable de crear falsas expectativas. Es demasiado serio el asunto como para tomárselo a choteo, para instrumentalizarlo políticamente -algún desnortado sigue erre que erre con esta matraca- o para aprovecharse del resto. Así que mantengamos alta la esperanza de que esta especie tan autodestructiva sea capaz de reaccionar con la grandeza suficiente para salir adelante con más fuerza si cabe.
