Gestión del cambio

En 1914 Ortega y Gasset acuñó una frase que produjo un profundo debate filosófico pero que aún perdura por su enorme poder: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”. Una circunstancia es aquello que posibilita el yo, que es externo a nosotros y aquello que nosotros no controlamos de nuestra vida: clase social, pertenencia a una familia, la sociedad, la cultura, un cuerpo determinado con sus características físicas y psicológicas, la personalidad y el carácter, etc. Con otras palabras, lo que está alrededor del yo pero que conforma (da forma a) lo que somos, nuestras señas de identidad.
Independientemente del grado de acuerdo que se tenga con lo anterior, lo que está claro es que hay parcelas más profundas de nuestro ser y espacios más superficiales donde nos desenvolvemos. Y toda esa complejidad hay que gestionarla. Más que nada por nosotros mismos, sin referencia a nadie más. Nos va la vida en ello.
La vida es básicamente cambio y esa circunstancia es clave en nuestro modo de estar en el mundo y, sobre todo, en nuestra toma de decisiones. Si simplificamos e inmovilizamos un poco esa idea podemos imaginarnos un edificio, el edificio de nuestra realidad conformada por nosotros mismos y nuestras circunstancias. El carácter de los cambios que pueden darse en ese edificio puede variar desde lo más superficial (p.e. si lo pintamos, limpiamos, etc) a lo más profundo (p.e. modificar los cimientos o la estructura, etc). Aterrizando la parte superficial, no es lo mismo cambiar de vehículo que de trabajo, como no es lo mismo cambiar de ciudad que cambiar de pareja o de amigos. Y a nivel más profundo, no es lo mismo cambiar de idea que de modo de procesar o de ver el mundo.
Hace más de dos años todos los humanos vivimos un enorme cambio circunstancial con la pandemia de coronavirus. Algo sobrevenido que, en muchos casos, cambió sustancialmente nuestro modo de ver el mundo. Vivimos la fugacidad y la fragilidad del ser humano. Vivimos la rotura de muchos proyectos futuros. No fue cosa de chapa y pintura, no. La escasa seguridad previa que manteníamos desapareció y nos vimos de repente nadando en un océano desconocido sin apenas herramientas de navegación. Asuntos completamente olvidados como la salud mental salieron de repente a la palestra, ocupando y preocupando a partes iguales a casi todos los que tomamos conciencia de lo que estaba ocurriendo.
En este contexto de inestabilidad superficial a gran escala podemos adoptar al menos tres actitudes: i) negativa, ii) positiva o iii) realista. Adoptar una actitud vital negativa nos hará verlo todo negro y considerar solo las amenazas o los problemas como parte fundamental del paisaje, buscando espacios de seguridad propios o ajenos que palien parte de los nocivos efectos que produce esta actitud. Escoger una actitud vital positiva nos hará verlo todo blanco y considerar solo las oportunidades o los retos como parte fundamental del paisaje, buscando nuevos espacios abiertos propios o ajenos que alimenten los euforizantes efectos que produce esta actitud. Elegir una actitud vital realista nos permitirá ver los distintos colores, considerar tanto las amenazas como las oportunidades en su propio contexto, lo que nos proporcionará una información valiosa para decidir qué hacer, con independencia de que nunca sabremos de antemano si esa decisión será «correcta» o «incorrecta», o si nos acercará o no al objetivo de tomarla. La actitud será la base sobre la que se asentarán las distintas decisiones que tendremos que tomar. Encontrar un sano equilibrio no es nada fácil, pero el esfuerzo por alcanzarlo siempre merecerá la pena.
A nivel personal, este año está resultando extraordinariamente movidito a nivel superficial. Muchos cambios de calado se están sucediendo, unos por decisiones propias y otros sobrevenidos. Y la gestión de tantos elementos aportan una complejidad de gestión inusitada que está lejos del punto de equilibrio al que todos aspiramos, aunque en las últimas semanas parece que la vorágine ha amainado y soy capaz de atender las diferentes parcelas sin verme completamente desbordado. Por más que seas una persona abierta a cambios en tu vida, a veces no sabes qué hacer o qué no hacer con lo que te acontece, y reconozco que he pasado momentos realmente complicados, tanto de los que tuve responsabilidad directa como de los que no. Aún así, he seguido adelante y he aprendido muchísimo de autogestión emocional en escenarios complejos gracias en parte a la toma de conciencia de que no podían abordarse todos los elementos al mismo tiempo, que es ingobernable ese modo de actuar. Que es mucho mejor aprender a parcelar y atender paso a paso lo que te va llegando, sin mezclarlo todo. En el trascurso del año he accedido a un modo de vida muchísimo más simplificado llegando hace poco a lo que denominé como minimalismo existencial. Minimalismo que se fundamenta en tener pocas necesidades -las básicas- y en manejar escasas expectativas. De hecho, acuñé un mantra que lleva mucho acompañándome: «Sin expectativas, todo suma». Y funciona, porque dejas de construir futuros y todo es pura vivencia en directo. Conoces nuevas personas, nuevas realidades, te adaptas mejor a los diferentes escenarios, pruebas cosas nuevas y, sin embargo, el eje profundo de lo que eres permanece ahí, sosteniendo todo lo demás. Lo importante está a buen recaudo y simplemente gestionas tus circunstancias de la mejor manera posible.
Con todas estas sacudidas este blog no ha tenido la atención que merecía, aunque he seguido trabajando en otros lugares, con otras personas, y creo que en breve volverá a coger vuelo con nuevas temáticas o con las mismas pero revisadas. De hecho, en unas semanas retomo una de las actividades que más me gustaban de la época en la que trabajaba en favor del colectivo a nivel escolar (ahora como muchos lectores saben estoy con el tema de los adultos, con la red en plena efervescencia, produciendo pequeños cambios y tomando rumbos de concienciación interesantes), acudir a congresos, jornadas o cualquier otro sarao donde interactúas con personas con las que generalmente solo puedes contactar a nivel virtual. Son pequeños pasos que quería adoptar en estos momentos en los que voy equilibrando un poco el maremoto existencial que he vivido. Decisiones sin mucho calado pero que son necesarias para avanzar en algo que me apasiona, este loco mundillo de las altas capacidades intelectuales que forma parte de mi «yo» más que de mi circunstancia. Se avecinan nuevos tiempos, con nuevas voces y nuevas manos. Ya es hora de sacudir de nuevo el árbol.
